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¿Existe la casualidad? ¿Es posible que la secuencia de una vida pueda depender únicamente del azar? Según el Principio de Causalidad del filósofo David Hume no; si B depende de A, quiere decir que siempre que haya A, habrá B. Es decir, según Hume, nada en esta vida es por azar, existen detonantes que tienen consecuencias en las que quizá nos hemos visto envueltos, pero no por eso son aleatorios.
Pero, concordando con Bertrand Russell (otro destacado filósofo), para mi el Principio de Causalidad no es correcto sino, más bien, es una reliquia de una época pasada que sobrevive, como la monarquía, porque se cree, erróneamente, que no causa ningún daño. Yo, en lugar de eso, creo en las serendipias.
Defiendo firmemente la premisa: cada quien es el arquitecto de su propio destino. Nunca he creído, o quizá no he querido pensar, que todo lo que me sucede está escrito en una especie de libro de vida que seré capaz de leer, irónicamente, una vez que haya muerto. Creo en el valor de mis decisiones, creo en las opciones, en los accidentes, en lo imprevisto... en que mi vida es un mapa en el que yo decido qué ruta seguir y en el que cada camino que escoja presentará nuevos y diferentes retos.
Algunas de las mejores cosas de mi vida han sucedido en el momento en que menos lo esperaba. Varias veces tomé decisiones que pensé me llevarían a un lugar y terminé en otro, y la mayoría de esos momentos me cambiaron la vida para siempre. Casualidades afortunadas; estar en ese lugar, en ese preciso momento, porque unos segundos después, todo hubiera resultado diferente. Una palabra, una señal, una mirada, un suspiro, pueden cambiar el sentido en el que nos movemos.
Francamente, al menos para mi, en eso consiste la magia de la vida, en no estar atados a un resultado forzoso, en tener la libertad de escoger nuestro camino, pero también en tener la libertad de equivocarnos. El placer de encontrar en un recién conocido más rasgos familiares y más compatibilidad de caracteres del que se tiene con personas cercanas. El despertar un día y darse cuenta de que un imprevisto sacude fuertemente la tierra bajo tus pies para después asimilar que es precisamente ese hecho inesperado el que, felizmente, te ha cambiado la vida y ha marcado tu alma para siempre.
Soy soñadora, me gustan esas historias maravillosas en las que hay desenlaces difíciles de creer y de explicar. Con suerte, ese final sea lo que nunca esperaste y, al mismo tiempo, lo que necesitabas. Las casualidades dan sabor a la vida, la sazonan para que no sea insípida; le dan textura, olor, color... El descubrimiento fortuito (de personas, de hechos, de cosas) te ayuda a encontrar respuestas a problemas que ni siquiera te habías planteado, a resolver dilemas impensados, a seguir sueños, a vivir y a dejar de ser sólo un espectador.
Sí, creo en las serendipias.
Encontrar algo magnífico mientras se busca otra cosa, descubrir algo valioso por casualidad, realizar por azar un acto de sagacidad, eso es una serendipia...
La vida es como el fútbol. Uno puede estudiar a lo que se va a enfrentar; puede llegar a creer en que las cosas se desarrollarán de determinada manera y puede creer también que estará preparado para reaccionar ante tales circunstancias. Lo cierto es que en la cancha las cosas son muy diferentes, son mucho más duras y, generalmente, existen más variables de las que se tomaron en cuenta en un principio. De cualquier forma, estamos acostumbrados a escoger una alineación, a apostar por una posición ante la vida, misma que difícilmente modificaremos, aún cuando las circunstancias hayan cambiado.La primera táctica es netamente defensiva, el famoso catenaccio italiano, quien lo aplica a su vida diaria suele estar preparado para el ataque frontal. Es menos probable que vaya a adelantarse en el marcador, pero es una forma segura de jugar, nunca estará mal parado. El tipo de persona que juega a defender suele ser calculadora, mide cada paso, planea y ejecuta, pero sacrifica el espectáculo. En su vida rara vez habrá sorpresas, todo está controlado.Tenemos, por otro lado, quienes llevan una vida en medio campo. Unas veces atacan, otras se limitan a cuidar que el balón no llegue muy cerca de su marco. Son personas que creen saber cuándo vale la pena arriesgar y cuándo es mejor mantener un perfil bajo. El conflicto es que hay veces que tienen el balón y no saben qué hacer con él, no están acostumbrados a ser el centro de atención y probablemente los encontremos facilitando el éxito a alguien más, es decir, poniendo balones para que otros metan gol.Por último tenemos a los que juegan claramente a la ofensiva. Gente que quiere espectáculo aunque no siempre lo consiga. Los delanteros tienen una limitante, dependen de los pases que les pongan para hacer un gol. Lo complicado es que puede pasar mucho tiempo sin que les llegue un buen balón y, mientras tanto, se limitan a esperar y esperar. De los centros que puedan recibir, quizá uno de cada siete termine en gol. Pero, quién sabe, tal vez algún día logren hacer una genialidad dentro del área. Son el tipo de personas que están esperando un golpe de suerte que quizá llegue, pero uno no puede basar su vida en tales expectativas.Mi punto es, no importa qué alineación escojas, las variables del equipo que tienes en frente, es decir, las circunstancias de la vida, pueden cambiar en cualquier momento. Un fuera de juego, una provocación, un error, pueden modificar los resultados. A veces es necesario reformular la táctica inicial para hacerla más efectiva, reconocer que la situación no se desarrolla como pensábamos en un principio y hacer frente a los nuevos retos. Lo ideal es saber cuándo comportarse como defensa, cuándo controlar el balón en el medio campo y cuándo rematar a gol.Por mi parte, estoy cansada de pensar (erróneamente) que tengo las cosas bajo control; no quiero darme cuenta de que en cinco minutos puede cambiar (y cambia) todo el panorama. Me cuesta aceptar que en la vida, como en el fútbol, hay variables incontrolables y que es precisamente eso lo que hace que el espectáculo valga la pena.
Febrero. Un mes que para algunos es sinónimo de amor meloso, amistad puberta y demás cursilerías. La simple razón de tener a alguien especial con quien pasar una fecha tan importante como el "Día de San Valentín" los hace creer que esta vez sí va en serio.Para mi, febrero es un mes como cualquier otro, si acaso, se distingue por ser más corto, porque se pasa como agua y por la insufrible mercadotecnia de la que muchos siguen siendo presa cada año. El sábado fui al bazar de San Jacinto, desafortunadamente no fui la única a la que le ocurrió semejante idea. Me abrí paso como pude, compré lo que fui a buscar y caminé de regreso para zafarme del paisaje cubierto de corazones rojos, globos y flores que, según ellos, iban de acuerdo a la ocasión. El colmo fue que de repente se me acercó un corazón ambulante (sí un tipo disfrazado de corazón) para ver si los podía ayudar con una toma para TV Azteca en donde me regalaban una rosa y yo era feliz.Murmuré que estaba esperando mi coche y que me sería imposible. Por educada, no pude gritar Fuck Valentine's Day! en cadena nacional, aunque me hubiera gustado. No es que no crea en el amor, más bien no me trago eso de happily ever after. Mi visión es una más apegada a la realidad, no un cuento de hadas que deviene en pesadilla dantesca.Así es que me pregunto ¿realmente existe cupido? Si es así, hace tiempo que se la acabaron las flechas porque cada vez somos menos las personas que creemos en un amor desenfrenado (como el que buscábamos o teníamos a los 18), en el estar perdidamente enamorados (idiotizados) y en la codependencia. El de hoy es otro tipo de amor, uno que comparte, que es libre, que sabe estar sin ser encimoso, el que dura sin necesidad de cadenas, nombres y contratos.O Cupido está muy ocupado en otro sector del planeta o de plano yo soy inmune a sus flechazos.
Relatos desde Liliput es mi ópera prima en el ámbito bloguero y se convertirá en mi válvula de escape cuando las ideas, presiones y demás cosas que suelo acumular en mi cabeza estén por hacerla reventar.
Seguramente, las personas que más conviven conmigo y quienes han visto mis explosiones consecuencia del desempleo, la politiquería barata y sobre todo (el tema recurrente de mi vida) los hombres, son quienes más lo van a agradecer.
Inauguro entonces este medio para descargar mi bagaje emocional, intelectual e incluso artístico de una forma sana y sin mentarle la madre a quien se me ponga en frente.